sábado, 8 de agosto de 2020
jueves, 30 de julio de 2020
Relatos
apenas esquizofrénicos
Miseria espantosa
Cuando las campanadas del reloj del palacio repicaban pasadas las doce
de la medianoche, la joven delgada y andrajosa se encontró en la soledad del camino
real junto a una calabaza, un par de ratones y una lagartija. Horas más tarde, fue
sorprendida por la visita del hada madrina, pero ya no quedaban rastros del
puchero.
Huelguistas
Jóvenes obreras abandonan los puestos de trabajo en la colonia y marchan
por miles. Organizadas en comportamiento colectivo como suma de esfuerzos
individuales. A paso enérgico, decididas, reivindicativas. Abriendo verdes
senderos, venciendo obstáculos y territorio. No hay jefe ni capataz que se interponga.
Movilizadas como un solo puño, hasta dejar desierto el hormiguero y
desguarnecida a la reina.
Mono-ambiente
El lugar no ofrece
comodidades pero me basta y sobra, no puedo pretender otra cosa. La limpieza es
simple y rápida.
Cama para derrumbarme,
baño justo, comedor con ventana al exterior y un ventanal interior, todo con
rejas para la seguridad. Dos comidas al día y buena iluminación para la
lectura. Los vecinos son complicados y si no te enredas con ellos, mejor.
Por el alquiler y las
expensas no hay de qué preocuparse. ¿Cómo llegue hasta aquí? Bueno, le puse dos
gotas diarias de rutina a su café y me entregue en la comisaría.
viernes, 17 de julio de 2020
viernes, 12 de junio de 2020
Paraíso
descartable
Despabilando,
parpadeo dos, tres veces y veo, de manera difusa, “pulse ON”. Ejecuto el comando,
medio por dormido, medio por hábito y me levanto. Me lavo la cara y el espejo
me devuelve una imagen de agobio. El desayuno está servido, el televisor
encendido, el ambiente amable y la ropa limpia y planchada sobre la silla. Camino
por la vereda hacia la parada del colectivo que me llevará al centro. No
llueve, nunca llueve. Después de una mañana laboral incierta en una oficina
poblada y sin barullo, voy por el almuerzo cotidiano al bar de calle Sarmiento.
Tomo asiento en la barra frente al televisor que nunca miro porque algo me dice
que desconfíe. El hombre me alcanza la comida que no pedí pero es lo que pensaba.
No tomo café aunque lo deseo, lo necesito. Pago la cuenta. Salgo al laberinto
de la calle con sueño de siesta, esquivando sombras transeúntes y me dirijo al sitio
donde esperan por mí. Me siento en un escritorio y mis manos comienzan a
teclear sin razonar qué pero, lo que sea, es indispensable para la corporación.
A la hora estipulada, que no viene al caso cuál es, salgo del trabajo y pienso
que hoy no hable con nadie, ni ayer, ni antes de ayer. Creo que estoy olvidando
el sonido de mi voz porque oírla es distinto a pensarla. Camino una cuadra para
tomar el colectivo en la parada de calle Rioja. Llega, no le hago señas pero se
detiene. El chofer me mira para que suba y me da un fingido: —Buenas tardes. Me
reconoce de todas las tardes de todos los días. Asiento con leve gesto, por ser
educado, y subo. Veo miradas ausentes. Alguien se pone de pie, libera un
asiento y lo ocupo. Dejo el portafolio de cuero marrón, flaco, sin nada adentro,
entre mis piernas. No necesito saber hacia dónde voy cuando viajo. Observo por
la ventanilla el tráfico ordenado, sin bocinazos ni apuros a pesar de la hora
pico. Atravesamos la ciudad que se hunde hacia los barrios. En determinado
lugar del trayecto, me incorporo y doy pasos automáticos hacia la puerta de
atrás. La gente que viaja de pié, me cede lugar sin mirar y el timbre suena sin
que lo pulse. Me bajo. Claro, qué sino… en una esquina que sospecho es la de
siempre. Llego a casa solo porque mis pies sumisos conocen el camino. Atravieso
el pasillo en penumbras, oigo mis pisadas como un latido, el eco de siempre,
son trece pasos secos, indoloros. Abro la puerta sin llave y no me recibe ninguna
mujer, ni perro ni gato ni cartas en el suelo. La aspereza de ambiente la
percibo en cada rincón. No sé lo que es pero me espera. El tiempo se mimetiza
en algo sin alma, sofocante, lo noto en el aire, es decir, en mi fragilidad,
ese algo indescifrable, conspirativo, o el no querer saber. El televisor está encendido,
la ducha tibia y la cena, mi favorita, aparecerá servida en la mesa. Antes de
entrar al baño, dejo la ropa desparramada pensando que mañana estará limpia y
planchada sobre la silla. Debo de sentir sueño porque voy hacia el cuarto. Agotado,
aseado, creo, como cada noche, me acuesto. Mis párpados pesan, mi respiración
pesa, la luz pesa y cede pero antes de perder la noción, ante mis retinas aparece
“pulse OFF”, no sé si por hábito o por dormido, ejecuto el comando.
viernes, 13 de marzo de 2020
sábado, 14 de diciembre de 2019
Relatos golpistas
Charcos
después de la lluvia
Mire en el agua para ver quién soy y una gracia
increíble se dibujo en el espejo del suelo a mis pies. Antes y ahora puedo
imaginarme quién soy y quién seré. Jugando con gestos, caras tontas como si no
fuera yo el simulador. Ella alivia mis temores sumándose al juego de nenes, y
reímos y reímos a carcajadas y volvemos a reír después de un respiro. Ella
sopla, hace trampas y volvemos a reír. Y se asoma al reflejo y en el reflejo
veo la semilla del futuro mientras la vida dure. Hace once mil horas que
estamos acá, y el sol acompaña, nos concede lo tibio y la luz. Empezamos a
crecer y a creer y corremos pisando los charcos en las formas de la mañana.
Amor ambulatorio
Cuando se despojaron de toda apariencia, artilugios de
seducción y ropa cara, tuvieron un mal sexo. Aburrido y sin besos. Hubo
coincidencias en lo que quedó, la primitiva necesidad del otro, en ruinas.
Verano
del 68
A mediados de Enero del 68,
hubo en casa una invasión de ratas. Debió ser por las continuas lluvias de la
semana anterior lo que provocó inundaciones. Papá contrató un experto a
desinfectar la casa y nada. El hombre no sabía cómo disculparse pero se quedo
con los billetes. Se le ocurrió a abuela, mujer de fe, convocar al cura a “limpiarla”
con agua bendita y alguna oración para el caso. Vino temprano, roció cada
rincón, murmuraba palabras por lo bajo, se santiguaba y nada. Pedimos un gato a
doña Amparo que tenía una colección. El gato se la pasaba durmiendo a la sombra
o comiendo su ración generosa de bofe. Se puso mañoso y engordó pero no logro
resultados en dos semanas. Ya nos estábamos acostumbrando a convivir con la
plaga y con el gato, hasta que una tarde llegó de visita repentina, tío
Benavente. Peinado a la gomina, traje cruzado obscuro, corbata de seda haciendo
juego con el pañuelo que espiaba desde el
bolsillo alto y zapatos italianos. Su estampa era impecable y su perfume,
abrumador. Lo invitaron al patio, con la preocupación de que se apareciera
algún bicho invasor. Mamá lo convidó con mates amargos y bizcochos de grasa,
agradeció y dijo que estaba a dieta, aunque pidió permiso para fumarse un puro,
el cuál le fue concedido. Contaba anécdotas de su trabajo, con lenguaje árido y
voz de ultratumba. Afirmaba que era abogado especializado en cobranzas de
deudas impagables para el Ejército. En esa época, la familia sabía de qué se
trataba su trabajo pero fingían ignorar. Dejó su tarjeta de presentación y al
retirarse, más o menos a la hora y media o dos,
no quedaba ni una sola rata. Tampoco volvimos a ver al gato ni a tío Benavente.
viernes, 23 de agosto de 2019
Short Stories
Divorcio vincular futurista
Dos
androides contrajeron matrimonio como dios manda, vale decir, ante la ley y la
Santa Iglesia. Como sus procesadores no soportan la sensación de eternidad
decidieron divorciarse al poco tiempo. El ministerio público les tiene
reservada la oficina de “Asuntos Electro Domésticos” para dirimir sus
diferencias. La iglesia, en cambio, se opone.
Mañanero
No soy de los que hablan con el espejo, por lo tanto lo que él diga, no me
va ni me viene.
Crisis económica
Trabajo
por mi cuenta, lo que me cuesta horrores dejarme cesante.
.....
El mejor invento chino que perdura en el tiempo, creo,
es el siguiente: “Mezclar agua con detergente, revolver su contenido con
paciencia oriental. Luego tomar un alambre delgado en forma de círculo, embeber
en el líquido, soplar y hacer pompas de Japón…”
lunes, 24 de junio de 2019
La casa olvidada
La casona de calle Maipú y Urquiza, frente a la aduana, tenía puerta de
hierro de dos hojas, altas, pesadas, pintadas negro mate con picaporte de
bronce que simulaba una mano en puño.
Cortinas blancas de lino con pliegues, para que no se pudiera ver hacia adentro
a través de los vidrios. Umbral ancho de mármol y generoso zaguán con cielo raso
curvado, algo descascarado. Ese efecto cóncavo tiene nombre pero no recuerdo
cuál es. El zaguán era, de hecho, la frontera. Pendía del techo un farol
colonial con lámpara de escasa iluminación (A sugerencia interesada de mi tía y
su novio). Baldosas de rombos y paredes de mayólica con arabescos y flores
azules de ocho pétalos. La puerta que daba al patio era de madera barnizada, también
de dos hojas pero de altura normal, con cortinado de fibra traslúcida y un escalón
de mármol a nivel del patio grande. De familia numerosa, vivíamos todos juntos,
hasta que los casados podían volar y hacer la suya. De la casa, por dentro, no guardo
imágenes en absoluto. Ni el patio donde jugaba con mis hermanitos, ni los
baños, ni la azotea, tampoco de mi cuarto, ni siquiera el aroma de las plantas.
Nada. Sé que tengo negación a pensarlo. En cambio, al zaguán lo vivo como si lo
acariciara, con lujo de detalles, porque él murió ahí, de un infarto. Cuando lo
vieron en el suelo, entre gritos pavorosos, lo levantaron y lo cargaron en un
taxi rumbo a la vieja asistencia pública de Moreno y Rioja, ya sin signos
vitales. Lo espere, que se yo por cuánto tiempo. No regreso a casa. En pocos
meses, nos mudamos. Demasiado lejos como para seguir esperando.
domingo, 19 de mayo de 2019
Relatos mansitos (Ex salvajes)
Expedientes XY
La
invasión era inminente. Las cápsulas atraviesan la galaxia por un atajo cósmico
que los dejaría, en un chasquido de tentáculos, a las puertas del planeta azul.
Fue cuando interceptaron esa comunicación que alteraría sus macabras
intensiones. Esta decía escueta:
—No vengas, mi marido está en casa.
Detuvieron
la invasión, desactivaron los planes y optaron por otra constelación.
El
amor perfecto solo existe en los poemas de dos líneas.
Escalera
mecánica
Al morir, las almas de los bomberos van al cielo. No pueden ir
al infierno por razones obvias.
Cita en redes
La
note tan pálida tan diferente a sus rozagantes fotografías de Instagram, que
por ser discreto, no le pregunté si estaba viva o muerta.
El Belgranito Hotel
Nos
desnudamos el uno al otro. Con tanta calma, que la pasión demoró una hora en
destejerse, y sonó el teléfono a carcajadas.
miércoles, 13 de marzo de 2019
Idus de Marzo
Miniatura
—Créame Capitán Morgan. De nada servirá soltar amarras, levar
anclas, desplegar las velas, si antes no rompemos la botella en la que estamos atrapados.
Diplomacia
Esos países colindantes, fueron
gobernados por militares, abogados, médicos, ingenieros, y siempre sostuvieron
insolubles conflictos de frontera. Al extremo de llevar el desacuerdo a la
lucha armada para dirimir la disputa de límites. Hasta que una vez, hartos de guerras
y matanzas, sus habitantes creyeron hallar la solución y postularon, por
primera vez en su historia como naciones, a sendos arquitectos como
presidentes. Eso fue algunos años antes de la extinción nuclear por diferencias
con la medianera.
Armada Nacional
—Si
señor Almirante. Puse los originales de la licitación pública internacional a
disposición de la oficina de contra-inteligencia y verificamos que la Fragata
que adquirimos tiene, efectivamente, 400 fósforos.
miércoles, 27 de febrero de 2019
Short histories o Mondongo digital
El hombre urbano
Pésima tarde
en la oficina. Salí con la cabeza quemada y el semblante de mierda reflejado
por el espejo del ascensor. Regreso a la pensión con la esperanza que el día
termine mejor. Me cruzo en la calle con un tipo en silla de ruedas. Tenía las
piernas cercenadas a la altura de las rodillas, venía solo y bufando por el
esfuerzo. Se lo notaba malhumorado. Razones no le faltarán, imaginé. Las
personas que pasaban junto a él oteaban como con lástima y evitaban mirarlo de
frente, poniendo su mejor cara de boludos, eso me daba bronca.
—Oiga
maestro… ¿Quiere que lo empuje un trecho? El punto lo pensó dos veces y en la
segunda creo que se decidió.
—y dale
pibe… una cuadrita, así descanso los brazos.
La vereda
estaba intransitable, era un inventario de baldosas flojas o rotas, el
empedrado de la calle Corrientes lucía más parejo a simple vista. El tipo
rezongaba por el maltrato de los sobresaltos y no era mi culpa, hice lo mejor
que pude, lo juro...
—Pibe, no
dejas un pozo sin esquivar, mejor largame que sigo solo.
—Bueno,
chau. Lo salude, con cierto sabor amargo en la boca, y lo solté en la
pendiente, casi llegando a la esquina de calle Urquiza. El mal agradecido giró
la cabeza como para putearme, perdió el control de la silla y no pudo frenar,
el tranvía que pasaba, tampoco pudo.
Experto
En un descuido, el abuelo Vicente se nos escapó, salió a caminar y no regresó. El pobre padece Alzheimer desde hace unos años. Estoy tan agobiado por el percance que mi perro, que además de callejero es gran observador de la realidad de los humanos, se acercó y me dijo al oído:
—Hagamos carteles con su fotografía, y las pegamos en las
columnas y en los árboles del barrio.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
