Le susurro al oído, te quiero, ella le susurra al mozo, tequila, el mozo me susurra que pague y que ya era suficiente.
Los instantes siguientes fueron como en la torre de babel hasta que dos manos se agarraron de mis hombros y me conectaron con el empedrado de la calle.
Al rato la dejé en la puerta de un hospital público, deshilachada y pálida como su vestido, no sabía su nombre, pero si su contenido, una botella de tequila.
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